Liliana Bodoc

NO DIGOS ADIÓS – Una carta a la Bodoc

Liliana Bodoc

¡Hola Liliana Bodoc! ¿Cómo andás, cómo es la vida allá en el Tiempo Mágico? Va… ¿se llama vida eso? De este lado de la existencia han pasado tantas cosas desde que te fuiste. Las injusticias ocultan sus rostros con diseños bonitos o se muestran como son con total impunidad. Estamos más cansados y cansadas, sí. Pero en el fondo nos vive la esperanza y en pequeños o enormes gestos nos amontona y gobierna, a veces. Hoy amaneció en Córdoba con los restos de la lluvia nocturna desparramados por doquier. Y yo, mientras me tomo unos mates, te escribo esta carta para contarte algo. Capaz que ya te lo chusmearon, pero hace unos días te recordamos más que de costumbre. A un año de tu paso a otro tiempo, nos reunimos para hacer memoria. Para entender un poco más a la muerte y sus propósitos, para hermanarnos con ella a través de tu palabra viva. Nos reunimos en varios lugares del país, porque te has multiplicado en amor por tanto lados… Y en Córdoba, me animé a hacer un… ¿cuál sería el equivalente a “triduo” para cinco días? ¿Quintiduo? ¿Cinduo? No creo, suenan horribles… Mejor te lo cuento así en sencillo: nos encontramos durante cinco días en torno a la Saga de los Confines en diferentes sitios de Córdoba. Y cada día fue contar y cantar relatos husihuilkes, jugar con las palabras como Cucub, abrir una ventana al universo maravilloso de las Tierras Fértiles. Nos encontramos cantando “Hasta pronto venado…” en un abrazo, con la esperanza puesta en la vuelta del sol.

marcelo guerrero

Un sábado en Alta Gracia

El primer día la que abrió sus puertas fue la Biblioteca Popular D. F. Sarmiento, de Alta Gracia, donde Daniela y un grupazo de mujeres realizan un ciclo mensual de literatura llamado “Cuento Contigo”. Hacía un caloooor esa tarde de sábado… Un espacio chiquito regado de alfombras de colores, abrigado de libros y banderines, con un solazo entrando desde el patio trasero y un grupo de veintipico de personas que se acercaron. No te voy a ocultar algo que ya sabías y que lamentablemente sigue: la realidad de muchas bibliotecas populares es difícil (desde lo económico sobre todo ya que los subsidios no se han actualizado desde la asunción de este gobierno nefasto). ¿Sabés qué fue hermoso? Entrar y ver un estante lleno de tus libros, ver cómo la gente se acercaba y los hojeaba o se detenía en una frase hallada al azar. Elevados como un tótem, acompañaron las historias y los cantos. Al comienzo cuento quién sos vos, cómo conocí tu obra, cómo fue ese abrazo que nos dimos una vez y aquella charla por mail, ¿te acordás? Ahí te conté que quería narrar oralmente la Saga y me diste unos consejos que sigo llevando como bandera. Y la función arrancó, contamos, cantamos… Al terminar, la comisión de la biblio había organizado una merienda tan pero tan rica… te hubiese encantando probar la tarta de peras. Y en esa compartida te hicimos arder un poquito las orejas, no te lo niego. Me contaron tantas cosas de vos, personas que te conocieron y te abrazaron, personas que solo te leyeron y personas que no te conocían de nada y que se fueron con ganas de leerte.

Un domingo en barrio Cofico

El segundo día el encuentro fue en una casita cultural llamada “NARKI” (significa “gato” en mapuche, ¿te gustaban los gatos?). Ahí me recibieron Anto y Euge, dos mujeres a las que querrías a los dos minutos de conocerlas, y el Agus que hizo un registro fotográfico que te vuelve a hacer vivir lo que ocurrió. En un patio de tierra lleno de plantas armaron un escenario petiso y cercano para que el cofre husihuilke se abriera en historias. Pero esperá, aún falta para contarte sobre ese momento… antes tenés que saber que tienen ahí una máquina de escribir que funciona y con ella transcribieron muuuchos textos tuyos para colgarlos en el ingreso de la casa, en la escalera, en una mesita, en la pared. Entonces la gente llegaba y te iba leyendo así, en pedacitos, en bocaditos, como para ir preparando el corazón. Las casi cincuenta personas se acomodaron en sus asientos, pero antes de arrancar había algo más. Las chicas entregaron papelitos y les pidieron escribir “algo que quieran para la casa…”, mientras contaban qué es NARKI y la importancia de espacios como éste para encontrarnos y luchar. Y ahí sí, tus palabras sonaron en mi voz y aparecieron la Sombra, Vieja Kush, Wilkilén, Kupuka y Drimus, Cucub. La noche se nos vino amiga y hubo para comer y tomar después, otras manos que tomaron la guitarra y soltaron canciones bellas. Hasta que volvimos a quedar quienes llegamos al principio.

Lunes en el balneario

Y así, llegó el lunes. Y así llegó Ana Aguirre, la doctora cuentera más impredecible, loca y maravillosa de estas tierras. Lunes de irnos temprano a La Serranita, un pueblo que da ganas de quedarse a vivir. ¿Sabés dónde iba a ser la función si no llovía? A la orilla del río. ¡Y no llovió! Había un sol que te empujaba al agua que corría. A vos te habría encantado lo que hizo Ana: durante toda la semana, en cada consulta del hospital, anotaba en las recetas “ir el lunes a escuchar cuentos”. Pero no sólo eso, sino que, para animar a la gente a concurrir, les fue contando que vos y yo nos conocíamos hace un montón y que habíamos trabajado mucho juntos en la construcción de este espectáculo, que éramos chanchos amigos, etc… ¿podés creer? Y claro, me acordé de ese momento en que Cucub le habla a su pueblo zitzahay:

—Y bien —consumada la mentira, Cucub regresaba a sus maneras—, para que yo pudiera decirles esto me fue otorgada la sanación. Cucub era un gran artista. ¿Era también un mentiroso? Mintió Cucub, pero la gente a su alrededor le creyó punto por punto. La gente a su alrededor le creyó punto por punto pero, ¿mintió Cucub?

La cosa es que hubo casi cien personas escuchando, cantando, abrazando. Con el río y la sierra detrás, con el sol escondiéndose, con los perros y los pájaros cerca. Y cerca del final de las historias, gente del equipo de salud propuso la bella tarea de realizar máscaras, así como las que construyó Cucub para su familia, ¿te acordás? Así cuando llegara la enfermedad preguntando por alguien, ese alguien correría a ponerse la máscara y evitar ser llevado. Y salieron, de manos peques, unas máscaras coloridas contra el dolor. Si querés, también podés leer lo que escribió Ana sobre ese día, acá.

Martes en el norte

Y el lunes se hizo martes, y el martes abrió su amanecer rumbo norte, hacia Colonia Caroya. ¿Estuviste ahí alguna vez? ¿Probaste sus salames y sus quesos? Ay… ojalá que sí, son una delicia. Te cuento, en Colonia vive mi primo Andrés, que junto a Ana y Pablo, su familia, me recibieron antes de ir a contar. Les conté de vos, de cómo es este amor que tengo hacia tu obra, de lo lindo que es ver cómo más y más gente te lee. De ahí nos fuimos a La Bicicleta: decime si no es un nombre hermoso para una biblioteca popular… Nos recibió Rodrigo, un loco que labura hace años en la comisión de la biblio poniendolé todo el pecho. Me dieron a elegir entre dos espacios: el salón de la biblio o el cine. El salón estaba lindo, lleeeeeeno de libros y eso siempre es una motivación. Pero cuando entré al cine aluciné: era el lugar perfecto, una sala chiquita, para unas 70 personas capaz. Rodrigo estaba un poco inseguro de hacerlo ahí por la convocatoria, “generalmente en estas fechas vienen como mucho quince personas… no más”. Igual, era ése el lugar, y cuando lo decidimos se les ocurrió proyectar un video que te hicieron en Tandil, antes de arrancar la función. Y te digo que fue una idea muy acertada, verte y escucharte, regalándonos otra vez palabras de vida, de amor, de resistencia. ¿Sabés cuántas personas fueron? ¡Cuarenta! Cuarenta almas caminando por los confines durante más de una hora… Al terminar, una señora pasa por la mesa donde habían puesto tus libros, levanta dos y me dice: “¿Con cuál empiezo?”, y ahí se fue, ansiosa de conocer las vueltas que dio un espejo africano.

Miércoles en Sierras Chicas

Entonces llegó el 6 de febrero. Miércoles. Tomé un par de colectivos para llegar a Rio Ceballos, donde finalizaría el ciclo, donde Nadina me recibiría con un abrazo inmenso como siempre lo hace. Vos sabés que durante el almuerzo cada quien fue contando cómo había sido aquel día un año atrás. Dónde estábamos, cómo nos enteramos de tu muerte, a quién buscamos para llorar en el abrazo… y la coincidencia fue el dolor, porque te queríamos de este lado un gran tiempo más. El lugar para la última contada fue la explanada de la Capilla Histórica de la ciudad, porque aunque la actividad era organizada por la Biblioteca Popular Sarmiento (otra vez el Faustino…), el espacio elegido era más convocante y cómodo que la biblio. Armamos todo, la gente fue llegando, caras amigas y familiares se acercaron con sus sonrisas, y hubo que sacar y sacar sillas porque la gente un llegar constante. Ahora que me releo, todavía no te conté qué estoy narrando en estos encuentros, así que te cuento la de este miércoles, que se parece bastante a las demás. Arranqué con La Canción del Dañino Mosquito, como para entrar en clima desde la sonrisa. Seguí con el Prefacio de Los Días del Venado, que lo digo casi palabra por palabra porque fue tan impactante la primera vez que me lo leyeron, que confío en su oralidad así como está escrito. Y llega la Canción de despedir al Sol, la cual ha sido recibida con tanto amor, la gente canta y es como si estuviésemos en el Valle de los Antepasados antes de la temporada de lluvias. Después de eso agarro el libro hermoso que hiciste con Gonzalo Kenny, VENADO, y cuento con los mapas, invito a quedarnos en Los Confines y tomo un cofre con mis manos para sacar la primera historia de la noche. Como el objeto que sale es una estrella, cuento la batalla entre Kupuka y Drimus, la que finaliza con el canto del Brujo de la Tierra. Después pregunto si quieren que el cofre se abra de nuevo… y sí, ¡se abre! Ahí cuento a Cucub. Lo cuento a él y voy mechando episodios de su vida increíble. A veces, cuento cuando llegó a Paso de los Remolinos, otras cuando fabricó máscaras contra la enfermedad… pero siempre cuento de su canción. De cómo el pueblo zitzahay llega a la adultez. Y cantamos, cantamos su canción de una manera u otra, jugando a ser un poco Cucub, sintiendo que es posible en una canción germinar una semilla de encuentro, de amor, de resistencia. Y como se acerca el final, el cofre ya no se abrirá. Pero a veces, como en esta noche, canté/conté a Vieja Kush hablando con Wilkilén sobre la muerte. Y esas palabras pronunciadas por la célebre amasadora de pan me reconcilian con el hecho de que ya no estés presente con un cuerpo vivo. ¿Sabés con qué termino? Con las palabras de Nakín, en parte hechas canción, en parte hechas arenga: “No digo adiós, aquí me quedo para contarlo todo”.

Liliana Bodoc

No decimos adiós…

Por eso seguiré y seguiremos contando y cantando tus palabras Liliana. Porque estamos aprendiendo, mientras andamos la tierra, que el odio retrocede cuando te cantamos. Hasta siempre.

Ilustración de Gonzalo Kenny

6 comentarios en “NO DIGOS ADIÓS – Una carta a la Bodoc

  1. Lindo viaje Marcelo, yo me subí en la última estación, fui de las que sintió vergüenza de decir que no la conocía a Liliana, a su obra. Y estalle en una carcajada cuando te diste cuenta que éramos unxs cuántos y disfrute cada palabra y cada sonido. Lloré por momentos y lo vuelvo a hacer ahora en esta lectura. Gracias infinitas por seguir compartiendo con nosotres tu amor por Liliana. Vida, muerte, vida, ese ciclo infinito que sentí ese día en Río Ceballos. Abrazo.

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